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miércoles, 28 de mayo de 2014

Lluvia

Siempre he envidiado a la gente que disfruta en los días de lluvia. Yo no los soporto, y eso que me esfuerzo. Salgo con mi mejor sonrisa, con un paraguas precioso de mi colección, pero en el primer charco me pongo de mal humor. Te mojas el pantalón, o pasa un coche y te jaspea de barro hasta las cejas. Cruzas el paso de cebra patinando peligrosamente. El autobús llega tarde, lleno y cuando se acerca a la marquesina te arroja un chorrito de agua por un fino canalón que le recorre longitudinalmente. Te moja la cara justo ahora que habías conseguido cerrar el paraguas. Comienza el baile: sacar el billete de la cartera sin que el paraguas moje a nadie. No suele haber sitio para sentarse, y si lo hay es imposible colocar el paraguas sin que empape una pierna; no siempre, quizás alguna vez encuentres la postura pero entonces te olvidarás el paraguas en el bus y sera tu preferido, asúmelo. Y luego el atasco, porque es de todos conocidos que la lluvia al tocar la carrocería de los coches les ralentiza hasta los 20 km por hora, aunque estés en una autopista.
Y las conversaciones, la final de la Champions League o las Elecciones del domingo pasan a un segundo plano porque todos tenemos que opinar sobre la cantidad de agua caída: cuatro gotas, chaparrón, borrasca o tifón chino. Y no pueden faltar los tópicos de "yo acabo de tender la ropa", "ayer fui a la peluqueria' o "siempre llueve los viernes". Consigues llegar a destino y comienza el mercadillo: todos los paraguas abiertos en el descansillo de los ascensores desafiando a la mala suerte.
Durante toda la jornada de encierro laboral lucirá el sol y justo a la hora de volver a casa se repetirá la operación paraguas. Pero recibirás, eso sí, mil mensajes del tipo: sonríe, canta, baila... Aunque en realidad quienes los remiten lleven un día de perros igual o superior al tuyo.
Nunca llueve a gusto de todos.

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